
La Juve venía de una derrota ante el Foggia, hacía tiempo que no marcaba, la afición lo criticaba, Lippi lo había dejado en el banquillo en la Copa, Gualco de Cremonese no le dejaba respirar. Pero Luca decide hacer una obra maestra, y nada lo cuenta mejor que esta historia.
Si es cierto que en la carrera de todo futbolista hay un gol que resume toda una vida y guarda el secreto más íntimo, para Luca Vialli ese gol nos retrotrae exactamente treinta años atrás, al 23 de octubre de 1994. Es un gol marcado en un patada por encima de la cabeza, en el gesto acrobático más espectacular que pueda existir. En la patada cenital brillan juntos la chispa del coraje y el reflejo de la vanidad. Ese gol nos dice quién era mejor que muchas otras cosas el querido Luca Vialli. Cuenta la leyenda que la patada desde arriba fue inventada por un tal Ramòn Unzaga, un vasco que jugaba en Chile en la década de 1930, de ahí el nombre de “Chilena”, con el que se le conoce en Sudamérica. Unzaga había sido minero y nos gusta pensar que tuvo la intuición allí, en la oscuridad silenciosa y amenazante de las minas, cuando para ahuyentar el miedo imaginó que había luz más allá de la oscuridad. Esto es lo que hizo Vialli aquel domingo de hace treinta años: de espaldas a la puerta, adivinar la luz. Él lo imagina, como lo hacen los campeones. Porque la inversión es el gesto que pone el mundo patas arriba, lo pone patas arriba y al hacerlo nos da una nueva perspectiva. La de Vialli es una revolución, y como toda revolución implica una visión al revés de la realidad: hay que imaginar el final, incluso antes de intentarlo.

