
Martes 31 de octubre, 7 y cuarto, justo estamos sentados a cenar. Ya llueve a cántaros y está oscuro como boca de lobo. Suena el timbre. Abro la puerta y hay un dulce fantasma de unos cinco años parado frente a la puerta. “Truco o trato”, dice. Saco un caramelo del cajón y miro hacia el oscuro sendero del jardín. No estás solo, ¿verdad? Pregunto. No, dice el fantasma: “Estoy con mi au pair”. No puedo reprimir mi sonrisa. ¡Halloween en el Gooi!
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