
El escéptico climático se está extinguiendo, apuntaba Maarten Keulemans en este periódico. El desarrollo va de la mano con el calentamiento cada vez más notable a nuestro alrededor, por lo que puedes calcular por ti mismo qué tan rápido es eso. Todavía no se han hecho intentos de preservar los últimos negadores duros a toda costa. Uno extinción no es el otro.
Tal vez sea porque uno por uno los escépticos climáticos se han ido tan en silencio. Durante mucho tiempo tuvieron una sólida participación en alimentar la duda y desestimar el principio de precaución con su desprecio por ese estúpido alarmismo de izquierda. En parte debido a sus acciones, no se tomaron medidas rigurosas, por lo que la tarea ahora se ha vuelto mucho mayor, si no imposible. En lugar de disculparse por ello, el escéptico siguió adelante.
Ahí lo tienen: el ‘neoescéptico’, que ya no niega que la casa esté en llamas, sino que apunta a los altos costes de apagar el agua y sigue contando con redimir las lluvias torrenciales.
