
Una sala de control interministerial convocada para definir un plan hidráulico extraordinario de acuerdo con las Regiones y entidades territoriales. Un decreto ley con simplificaciones y derogaciones para agilizar obras esenciales. Y un comisario “con facultades ejecutivas” para ejecutar rápidamente lo previsto. Es un programa de tres pasos que el gobierno italiano encabezado por Giorgia Meloni está listo para implementar contra la sequía. Una lacra que está poniendo a prueba a los sectores agroalimentario e hidroeléctrico.
Hay 300.000 empresas operando en las zonas más afectadas, según Coldiretti, que dio la voz de alarma: 2023 ha sido hasta ahora el año más caluroso de la historia. Los datos de la Cnr revelan que en enero y febrero se registró una temperatura 1,44 grados superior a la media histórica de los dos primeros meses. El norte de Italia sigue sufriendo, con precipitaciones por debajo de la media en los dos primeros meses del año, tras el 30 % menos de lluvia registrado en 2022. Y con el Po en problemas y los grandes lagos con porcentajes de llenado del 19 % del lago de Como a 36% del lago de Garda, hasta el 40% del lago Maggiore.
En Veneto, a finales de febrero, los embalses de las dos cuencas principales (Adige y Piave) tenían un déficit del 33 y 59%. El presidente de la Región, Luca Zaia, se puso a cubierto firmando una ordenanza que entró en vigor el pasado martes por la noche y que invita a los ciudadanos a evitar el despilfarro de agua ya las concesionarias a elaborar planes de emergencia para el abastecimiento.
Es un intento de evitar el temido racionamiento. Un objetivo que también se marca el Gobierno. “Sobre la crisis del agua estamos activando una sala de control para evitar que el fenómeno explote”, dijo ayer Meloni en el Turno de Preguntas en la Cámara. En el trabajo sobre el expediente, además del Palacio Chigi, hay muchos ministerios. A la cabeza está el de Infraestructuras, con el propietario y viceprimer ministro Matteo Salvini que aspira a coordinar la mesa y que mientras tanto ha anunciado siete decretos que financian a las autoridades distritales con 19,8 millones destinados a 21 intervenciones para nuevas presas o nuevos usos y para obras para proteger la cuña de sal en la desembocadura del Po. También participan directamente Medio Ambiente y Seguridad Energética, Agricultura, Protección Civil, Asuntos Europeos y Pnrr, Asuntos Regionales. Una polifonía que refleja la transversalidad del tema, hasta el punto de que Anbi, la asociación nacional de saneamiento y riego, propone un Ministerio del Agua, como en España.
La necesidad estimada por el Ejecutivo para atacar el problema asciende a 7.800 millones. Una suma que, como ha subrayado el ministro de Agricultura, Francesco Lollobrigida, ya está disponible, entre Pnrr y otros fondos comunitarios y nacionales, pero “está bloqueada por la burocracia”. Prueba de ello es que de los 4.000 millones dedicados en el Pnrr, solo se han comprometido 300 millones y que de los 1.200 millones de la programación europea 2014-2020, solo se han utilizado 200 millones. Por eso, junto al turbo en las obras -a partir de los embalses para recoger el agua de lluvia (hoy solo se echa al sistema un 11% para usos agrícolas y de regadío) y la reducción de pérdidas (la dispersión llega hasta el 50%)- gastan las necesidades energéticas para ser fortalecido. Y simplifica. Esa será la tarea del decreto ley en gestación, que pronto llegará al Consejo de Ministros. Junto a otra elección que debe reunir a ministros y partidos mayoritarios: la del nombre del comisario.



