
1952, primer grado de primaria. Algo debo haber hecho bien, porque el profesor dice: ‘Te mereces un elogio por eso’. No recuerdo mucho del resto de la lección de ese día. ¡Prestigio! ¿Cómo sería? Grande, pequeño, ¿de qué color, más colores tal vez? Finalmente la jornada escolar ha terminado. Ahora va a suceder. Pero la maestra sólo nos saluda y yo soy demasiado tímido para pedir mis felicitaciones. Camino a casa con las manos vacías y el corazón apesadumbrado.
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