
Mientras que para algunos las *vacaciones de verano* recién comienzan, para otros ya han llegado a su fin. Este año, al igual que en los anteriores, parecen haber pasado volando. Esta situación nos deja en un estado de reflexión y perplexidad: ¿cómo es posible que esos dos meses de vacaciones en nuestra infancia parecieran *eternos*, mientras que hoy unas pocas semanas se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos?
Nuestra *percepción del tiempo* evoluciona a lo largo de nuestra vida. Pero esta sensación no es solo una **ilusión**; también tiene explicación científica. Según Cindy Lustig, profesora de *psicología* en la Universidad de Michigan, “nuestro sentido del tiempo está especialmente influenciado por nuestra perspectiva. ¿Estamos viviendo el momento presente o recordando el tiempo pasado?”
Una cuestión de perspectivas
Esta diferencia en la forma en que *percebimos el tiempo* juega un papel crucial. Cuando somos niños, vivimos intensamente cada *momento*. Las vacaciones son *días repletos* de exploración, juegos y aventuras. Por el contrario, al llegar a la edad adulta, tendemos a mirar más hacia atrás, a pensar en “los buenos tiempos” pasados, pero también hacia adelante, anticipando lo que vendrá.
Para muchos adultos, especialmente aquellos que tienen una rutina fija, el tiempo parece deslizarse velozmente. Las semanas se convierten en meses y los meses en años sin que nos percatemos de ello. Es como si, al repetir actividades similares, nuestro cerebro “agregara” el tiempo y lo comprimiera. De esta manera, una persona de 70 años puede sentir que su vida no ha cambiado significativamente en comparación con los 68 o 69 años anteriores.
Percepción del tiempo y edad
La edad también altera nuestra relación con el tiempo. Para un niño de *ocho años*, una semana de vacaciones representa un porcentaje considerable de su vida. En cambio, para un adulto, esa misma semana es una fracción mínima de su existencia. Este cambio de proporciones contribuye a que el **tiempo** parezca más efímero a medida que envejecemos.
Cindy Lustig comenta que “en el caso de una persona mayor, recuerda menos eventos a medida que el tiempo avanza”. La repetición de experiencias semejantes hace que las personas se sientan atrapadas en una rutina, lo que,
a su vez, les da la impresión de que el año ha pasado rápidamente. En contraste, la infancia está marcada por *nuevas experiencias*, *primeras veces* y un constante descubrimiento. Cada día es una oportunidad para aprender algo nuevo, lo que enriquece nuestra memoria y hace que las jornadas sean más **sustantivas**.
Cómo ralentizar nuestra percepción del tiempo
La buena noticia es que hay formas de “ralentizar” nuestra percepción del tiempo. Al salir de nuestras *rutinas* y desafiarnos a nosotros mismos a vivir nuevas experiencias, podemos enriquecer nuestra memoria. Aquí algunas estrategias:
- Practicar la *mindfulness*: Estar presente en el momento actual nos ayuda a apreciar cada experiencia con mayor intensidad.
- Aventurarse a aprender una nueva habilidad: Introducir nuevos pasatiempos o actividades es una manera eficaz de enriquecer nuestras vidas.
- Viajar o explorar lugares nuevos: Cada nuevo destino ofrece la posibilidad de vivir experiencias únicas.
- Registrar nuestras vivencias: Llevar un diario o un blog puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestras experiencias, haciendo que cada momento cuente.
Implementando estas estrategias, podemos crear un sentido de *novedad* que contrarresta la percepción del tiempo que se acelera con la edad. Las vacaciones, el tiempo libre y las nuevas experiencias pueden ser más que un descanso; pueden ofrecer una oportunidad para enriquecer nuestra vida y, por ende, nuestra percepción del tiempo.
Por lo tanto, al final del día, la forma en que experimentamos el tiempo no está únicamente ligada a su duración objetiva, sino a cómo elegimos vivirlo. La próxima vez que te sientas abrumado por la rapidez con que pasan los días, recuerda que tienes el poder de hacer que cada momento cuente.




