Permis de destruir: Un nuevo capítulo en la comedia corsa
El 1 de julio se estrenó “Permis de détruire”, la segunda entrega de la saga creada por Éric Fraticelli. Esta comedia, continuación de “Permis de construire”, nos presenta nuevamente un choque cultural en la hermosa isla de Córcega, pero esta vez con un guion que repite viejos clichés que le restan frescura y originalidad.
Una historia de contrastes
En el centro de la trama está Olivier, interpretado por Kad Merad, un psicólogo de Lyon que se muda a Córcega tras la invitación de su amigo Dominique, un dentista encarnado por Patrick Timsit. Dominique ha desarrollado una conexión tan profunda con la isla que se presenta como un “corsito” más, adoptando el apodo local de “Doumé”. A pesar de la belleza escénica de Córcega, la historia da un giro dramático cuando se anuncia la construcción de una central eléctrica que amenaza el paisaje natural.
El dilema ecológico
La noticia provoca la ira de Dominique, quien se opone vehemente a la construcción por considerarla destructiva. Sin embargo, los nativos de la isla tienen una perspectiva diferente; para ellos, el proyecto es una necesidad. Esta dicotomía entre las necesidades de los locales y las preocupaciones de los recién llegados se convierte en el eje central de la comedia, pero, desgraciadamente, falla en su ejecución.
Clichés y caricaturas
A pesar de la notable actuación de Kad Merad y Patrick Timsit, “Permis de détruire” no presenta una narrativa sólida. Fraticelli, quien también repite su papel como Santu, ofrece un espectáculo visual de la vida en Córcega, pero el guion está repleto de estereotipos que dificultan la autenticidad de la historia. La comedia gira en torno a situaciones exageradas y caricaturescas que no logran conectar con el espectador, haciéndonos reír en muy pocas ocasiones.
Una oportunidad desperdiciada
La película tiene destellos de creatividad, especialmente la exploración del “neo corse” que trata de ser más corsos que los propios corsos. Sin embargo, el uso excesivo de clichés provoca una desconexión de lo que podría haber sido un relato más matizado y enriquecedor. La falta de profundidad emocional lleva a que, al final, solo disfrutemos del genérico, donde los actores bailan al ritmo de “La Goffa Lolita”.
Conclusión: Un humor que no logra despegar
“Permis de détruire” se siente como una segunda oportunidad perdida. Con un enfoque que apunta a ser divertido, termina siendo una repetición de los mismos temas y estereotipos que la primera entrega ya exploró. Después de un intento fallido de capturar la esencia corsa con humor, parece que esta secuela aún no logra hacer mella en el corazón de su público.
La crítica ha sido clara: aunque las actuaciones son sólidas, el guion necesita una revisión urgente para evitar caer en la monotonía y reaprender cómo hacer que las risas fluyan de manera auténtica. La nueva cinta de Fraticelli se queda corta ante su predecesor y evidencia que, en la comedia, a veces menos es más.

