
El hombre está sentado inmóvil en su scooter, junto a la caja llena de pequeñas letras de chocolate. Parece viejo. Él mira con sus ojos enrojecidos las tres letras de chocolate en su mano derecha. Por curiosidad le pregunto: “¿Para quién compras esas letras de chocolate?” Poco a poco la vida le llega al hombre y responde: “Tengo dos hijas; uno tiene dos hijos y el otro tiene uno”. A lo que pregunto si las letras de chocolate son para ellos. “No”, respondió, “me doy placer”.
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