Es una buena noticia que la inflación en Europa y especialmente en la zona del euro finalmente esté cayendo. Estamos en el 1,8%, precisamente el objetivo del estatuto del BCE que dice como un mantra que la tasa de inflación debe estar cerca pero por debajo del 2%.
El Banco Central Europeo ya no tendrá argumentos para no continuar con la bajada de tipos de interés, que hasta ahora ha sido tímida y limitada a un recorte del 0,25%, mientras que la propia Reserva Federal ya ha recortado medio punto.
Si se analizan más de cerca, los datos sobre las tendencias de los precios corren el riesgo de decirnos algo más. Que en Italia, por ejemplo, hay una caída quizás demasiado pronunciada: estamos en el 0,8% desde el 1,6% de julio. En teoría somos el país más virtuoso, pero si combinamos estos datos con la crisis de los automóviles, los robots, el acero, los textiles y la ropa que han congelado la producción industrial tenemos que sacar otras conclusiones: que estamos en riesgo de deflación. Y no sólo nosotros. En el mundo existe temor a la deflación en Estados Unidos y China.
Y si Europa o parte de ella corre el riesgo de una deriva deflacionaria, también debemos decir algo más: que el BCE actuó tarde e incluso con recortes es incapaz de inspirar a la economía que ahora se encuentra en una crisis de confianza. Conclusión: el Banco Central Europeo no gobierna las expectativas ni las crea, sino que gestiona acciones siguiendo la ola, pero renunciando así a la parte más importante de su papel.





