
Entre las muchas iniciativas impulsadas por la Feria del Libro, una hizo mucho “ruido”, tanto por lo ocurrido en Turín como por los comentarios que suscitó. Nos referimos obviamente a la presentación del libro Una familia radical escrito por Eugenia Roccella, ya militante radical y hoy Ministra de la Familia, Natalidad e Igualdad de Oportunidades, conocida por sus posiciones antiabortistas (“el aborto es un derecho de las mujeres ? Desafortunadamente”).
Según los informes, un grupo de activistas protestó durante mucho tiempo y en voz alta para impedir que se llevara a cabo la reunión. Hubo un intento de involucrar a los manifestantes en el debate, que sin embargo fracasó, a pesar de la intervención del director del Salone, el escritor Nicola Lagioia. La oposición duró hasta que el evento fue cancelado en ese momento. Disputas de este tipo, hostigadoras pero no violentas, son frecuentes en las democracias, especialmente contra quienes detentan el poder. Y quienes las padecen suelen tender a restarles importancia.
Sorprenden las reacciones, no la protesta
En cambio, el “caso Roccella” ha provocado reacciones particularmente acaloradas. El presidente del Gobierno los definió como “hechos inaceptables y fuera de toda lógica democrática”. Según el presidente del Senado “estamos ante un nuevo acto antidemocrático”. El líder del grupo, también en el Senado, de Forza Italia, lo definió como “un episodio de escuadrismo”. El ministro de Cultura habló de un “acto de intolerancia inaceptable y muy grave”. Finalmente, un diputado de la FdI, presente en el espectáculo, tras gritarle al director del espectáculo que le da vergüenza haber definido la protesta como pacífica, declaró que tocarán los tambores cuando éste, como ya ha decidido, se vaya.
Ahora bien, lo que realmente sorprende, si conoces un poco la historia de la confrontación política en este país y tienes algunas coordenadas de lo que debe ser una democracia liberal moderna, no es la protesta, sino precisamente las reacciones, sobre todo porque vienen de desde los más altos cargos institucionales. Y el asombro viene de tener que constatar que nuestros diputados tienen una visión muy personal de la arquitectura de los derechos de libertad, visión que no tiene correspondencia en nuestra Constitución.
El poder debe tolerar la disidencia
Todos coincidimos en que sería más educado y preferible entablar conversaciones amenas y, aun cuando no se esté del todo de acuerdo, limitar el disenso a objeciones tranquilas. Y quizás en esos foros también nos sentiríamos más a gusto.



