
Antonella Baccaro (foto de Carlo Furgeri Gilbert).
Lla entrevista con la estrella del porno ya es un clásico que ni los periódicos más abarrotados se niegan. Personalmente, ya sea una ex estrella o una profesional aún activa, siempre hay algo que no me vuelve a la mente en sus palabras.
En particular, el hecho de que todos ellos, tarde o temprano, reclamen como uno solo elección de la libertad de usar el propio cuerpo en la pornografía.
Tomemos a Malena: «Todo lo que hace una mujer en el porno lo hace absolutamente porque quiere hacerlo —dijo en una entrevista—. Hacer porno es una elección libre y consciente. Y es un trabajo donde a las mujeres se les paga más que a los hombres“.
Esta última declaración que debe ser completada: a las mujeres se les paga más porque el usuario de pornografía sigue siendo predominantemente masculino. Por lo tanto, las mujeres son las protagonistas (por no decir los “objetos”) más buscados.
Por lo mismo la pornografía, los puristas me disculpan por el resumen, sigue explotando dos patrones principales: el de la mujer como esclava de cualquier deseo masculino. Y la de la mujer dominante, esta última aún al servicio de las fantasías ajenas.
Y así, incluso si fuera una elección hacer porno, y ciertamente no es una maleza llena de historias desesperadas, el punto está en otra parte. ¿Qué hay de disruptivo hoy en haber elegido, aunque sea libremente, representar una mujer-objeto?
Veo mucho pragmatismo en ello: ganancias. Y mucho atraso: “El cuerpo es mío y yo lo manejo”, eslogan robado por muchas porno-divas a las feministas, podría haber estado bien cuando el cuerpo femenino era literalmente el de otra persona.
Cuando éste volvía a estar en poder de la familia de origen y luego del cónyuge, sin solución de continuidad. Y tenía que ser preservado como una cosa sagrada. De ahí toda una literatura romántica de la prostitución, elevada al rango de alternativa cargada de humanidad respecto al cuerpo intangible de la nubenda.
Pero en 2022 la libertad de los cuerpos es una realidad, hasta el punto de sufrir, según cuentan las crónicas, los ataques rencorosos ya menudo violentos de quienes aún creen poder reprimirla. Tal vez inspirado por las modalidades humillantes de otra película porno.
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