La reforma de las pensiones ha sido un tema candente en Francia, especialmente tras los comentarios del nuevo Premio Nobel de Economía, Philippe Aghion, quien sugirió que “no cuesta mucho detener” dicha reforma. Esta declaración no pasó desapercibida para el nuevo Primer Ministro, Sébastien Lecornu, quien durante su discurso en la Asamblea Nacional el martes, propuso la suspensión de la reforma de pensiones anunciada por el gobierno de Emmanuel Macron.
“Propondré al Parlamento este otoño que suspendamos la reforma de 2023 sobre las pensiones hasta las elecciones presidenciales”, anunció Lecornu, provocando aplausos en el hemiciclo, especialmente de algunos miembros del Partido Socialista, que apoyaban esta medida para evitar censurar al gobierno.
El Primer Ministro agregó que “no habrá un aumento de la edad de jubilación desde ahora hasta enero de 2028”, como había solicitado la Confederación Francesa Democrática de Trabajo (CFDT). Además, la duración de aseguramiento se mantiene en 170 trimestres hasta la misma fecha, lo que beneficiará a unos 3,5 millones de franceses, según sus afirmaciones.
Sin embargo, esta decisión política tiene un precio, que Lecornu no dudó en señalar: “400 millones de euros en 2026 y 1,8 mil millones de euros en 2027”. Estas cifras, aunque alarmantes para algunos, fueron presentadas con la esperanza de que el bienestar social prime sobre las consideraciones económicas a corto plazo.
“Suspender para suspender no tiene sentido”
Desde que Élisabeth Borne habló sobre la posibilidad de suspender la reforma en una entrevista con Le Parisien, las estimaciones sobre el costo y las condiciones de dicha medida continuaban en un estado nebuloso. Según el economista Mathieu Plane, este costo podría ser absorbido a corto plazo, pero “es no despreciable en el futuro, especialmente porque los planes presupuestarios incluían la implementación de la reforma”. Plane también destacó la necesidad de reducir el déficit existente y atender este déficit adicional que vendrá por la suspensión.
Lecornu advirtió que la suspensión de la reforma debe ser compensada financieramente, incluyendo medidas de ahorro. “No podemos permitirnos un déficit mayor”, enfatizó, reafirmando su misión de mantener “la credibilidad de nuestro país” ante los prestamistas en los mercados financieros.
El Primer Ministro propuso una conferencia sobre pensiones y trabajo, buscando un diálogo con los socios sociales para que el objetivo no sea simplemente “suspender por suspender”. Es evidente que cualquier decisión debe tomarse con responsabilidad, sopesando las repercusiones económicas y sociales.
El costo de una suspensión podría incrementarse en los próximos años. Según un informe de la Cour des Comptes publicado en febrero, “la detención del aumento de la edad de jubilación a 63 años costará 13 mil millones de euros para las finanzas públicas en 2035”. De este total, 5.8 mil millones serían consecuencia de un desajuste en la financiación de las pensiones, y 7.2 mil millones estarían relacionados con un menor crecimiento y una reducción en los ingresos fiscales, incluyendo IVA, impuesto sobre la renta e impuesto de sociedades.
Esto plantea un dilema importante: ¿debería el gobierno priorizar la estabilidad financiera sobre las demandas de los trabajadores? Hay voces que advierten que la suspensión podría traer más complicaciones que soluciones. Por lo tanto, el compromiso de llevar a cabo un diálogo abierto y crítico con los actores sociales es esencial para la construcción de un **futuro sostenible** en el ámbito de las pensiones.
