
Los Países Bajos han perdido para siempre su inocencia. Todos lo llamaron después del asesinato de Pim Fortuyn, hace 23 años. La sociedad había cambiado para siempre, la política también. Atrás quedó la autosuficiencia del “país guía” que pensaba que triunfaría en todos los frentes, mientras que la población se ajustaba a una política sin vida que limpiaba todas las tensiones sociales debajo de la alfombra. De ahora en adelante, la sobriedad y el sentido común tenían que determinar el tono de la política.
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