
Parecía destinado a un futuro dorado: era uno de los mejores talentos del campeonato y del Bari, donde también jugaba en aquel momento su tocayo, un tal Cassano. El camino hacia el éxito ya estaba trazado para Antonio La Fortezza. Hasta que el Tribunal hizo un descubrimiento macabro
Los inescrutables hilos del destino en esta trama comienzan con la escena de un crimen, una mentira peligrosa y un arrepentimiento tácito. El 24 de abril de 2009, el capo Michelangelo Stramaglia fue asesinado de un disparo en el abdomen. El asesinato tiene lugar en via Capurso, en Valenzano, Valzàne como la llaman en Bari, una avanzada de cuarteles y edificios universitarios a unos diez kilómetros de la ciudad. Son las 21.30 horas de la noche cuando varios testigos -y son muchos- oyen el disparo, ven a unos hombres descender de un Lancia K gris metalizado, cargar el cuerpo sangrante de Stramaglia en el coche y partir a gran velocidad hacia el hospital “De Venus”. La siguiente escena nos lleva a Piazza Vittorio Emanuele: hay un cadáver tirado en la acera, tiene un gran yeso en el brazo, su camiseta negra está rota, los 118 socorristas lo intentan todo. Pero no hay nada que hacer. Michelangelo Stramaglia, destrozador de coches de profesión, pero en realidad jefe del clan Valenzano, muere esa misma noche, a los cuarenta y nueve años. Es un asesinato que hace ruido. Existe una disputa en curso entre los clanes Stramaglia y Di Cosola. El equilibrio en la ciudad está cambiando. Según los investigadores, Michelangelo Stramaglia encabeza una organización que gestiona el tráfico de drogas en Bari y su provincia.

