
El portugués jugó a su manera, con mucha determinación, pero el equipo que tenía en mente nunca apareció. Puntos perdidos con los pequeños, errores siempre diferentes, los roces con Theo y Leao: nunca hubo paz. Y el club, con tan mal ranking, decidió cambiar
Paulo Fonseca ya no entrenará al Milan: su reinado duró apenas 200 días. Sí, pero ¿cómo sucedió? ¿Cuándo y cómo perdió el Milán? Fue un proceso que duró seis meses, pero recientemente se ha acelerado, con la derrota contra Bérgamo y el empate con Génova. Y luego esta mañana, en la reunión técnica, con mucha tensión con el equipo primero y luego con los directivos. Fonseca luchó, fue coherente con sus ideas y enfrentó todos los problemas que pensó que debía afrontar. Las elecciones tácticas, Leao, las actitudes, Theo: siempre directas, frontales, sin pelos en la lengua. En los últimos meses, sin embargo, ha tenido roces con muchos y, al final, también con sus directivos: la confianza mutua ha terminado. El Milán que Fonseca tenía en mente casi nunca se materializó. Por supuesto, tuvo grandes momentos culminantes – el derbi, el Real Madrid – y en esos momentos el técnico hizo una gran contribución: Morata como centrocampista ofensivo contra Inzaghi, más que nada, fue una idea ganadora y original. Sin embargo, su Milán era una luz intermitente, brillante en algunas noches especiales pero muchas veces en la oscuridad.
EL PROBLEMA: LA CABEZA
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“La actitud”, respondía siempre Fonseca cuando le preguntaban por los problemas del equipo. El diagnóstico es trivialmente correcto. Su Milan nunca tuvo el fuego de quien quiere ganar partidos y perdió puntos inmediatamente, debido a muchos errores individuales. Más importante aún, los perdieron ante equipos inferiores, Parma, Cagliari y Génova sobre todo. Los partidos, cuando los vuelves a ver, no son muy similares. En Parma, pésima aproximación de Leao y sobre todo de Theo, lagunas defensivas, colapso físico. En Roma contra la Lazio, mucha dificultad para defender en transición. En Florencia, una locura variada de penaltis y errores defensivos. Con el Napoli, demasiadas ausencias. Con Juve y Génova, escasez ofensiva. En común, el origen de los problemas: la cabeza, mucho más que las piernas. Este es el Milán, un equipo que nunca es cínico, nunca es malo, y por eso la idea de Conte fue intrigante en verano: parecía el hombre más adecuado para restaurar reglas fuertes y principios claros. Conceiçao, que tiene la misma fama de duro, va en esa dirección.
TEO Y LEAO
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Sin embargo, Fonseca no estuvo débil. Ciertamente parecía responsable en algunos juegos. Los primeros, claro, pero más aún un Milán-Juve enfrentado con Musah como lateral derecho en ataque, pese a que Thiago Motta quisiera defender, defender, sólo defender el 0-0. Otras veces el entrenador fue víctima de las limitaciones del equipo, que carecía de uno, dos, incluso tres líderes capaces de convocar a sus compañeros a sus funciones. Fonseca no puede decir que no lo ha intentado. Mandó al banquillo a Leao (varias veces) y a Theo contra Génova y Verona, habló claro y cuando no hablaba claro dejó claro lo que le pasaba. A la afición le gustaba por su sinceridad, pero en privado, en Milanello, no conseguía meterse en la cabeza de los jugadores.
DIFERENTES PROBLEMAS
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El club evidentemente no veía un mañana en este equipo agotado, sin líderes y sin ideas. Fonseca destacó recientemente los avances, dijo que “ya no encajamos goles como los del Cagliari” y sí, tiene razón en eso. Sin embargo, el Milán saltó de un problema a otro: a uno lo ahuyentaron, otro llamó a la puerta. El partido contra el Génova fue ofensivamente desolador. El de Verona, triste. El Milán lucha con dos equipos que quizás sobrevivan, quién sabe, entre abril y mayo. La Roma hizo el resto. La lesión de Pulisic, que evidentemente tuvo repercusiones, no puede explicarlo todo: para el club quizás fue un atenuante, no una coartada. Así que está claro: Fonseca perdió Milán paso a paso, a medida que se ampliaba la brecha con los líderes.
EL PRESUPUESTO DEL ESTADO
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Sus seis meses fueron duros, intensos, más complejos que los dos años en la Roma… y todo dice porque la Roma, como prueba de estrés, es insuperable. Fonseca tuvo descargas de adrenalina, ganó en el Bernabéu pero tuvo que pelear con todos -los jugadores, al principio la afición, quizás la prensa- y muchas veces debió sentirse solo. Jugó un derbi sabiendo que una derrota, y quizá incluso un empate, le llevarían al apretón de manos definitivo: gracias, adiós, buena suerte. A partir de ahí sintió un shock pero probablemente nunca se sintió a gusto. Así que volvamos por un momento a la primera conferencia de prensa. Era 8 de julio, Fonseca hablaba de fútbol dominante, de ideas, de victorias. Dijo que quería construir “un equipo valiente, ofensivo, dominante, reactivo, que no deje pensando al rival, con una identidad fuerte. No lo ha conseguido en cinco meses y medio, los jugadores no han ayudado”. él, y nadie le dará otros. Al menos no aquí, no ahora.
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