
El esloveno deberá intentar desgastar al superequipo de Vingegaard, pero hará falta la hazaña
Faltaban 36 kilómetros de Tour, sin contar la etapa de selfies y copas de champán que da la vuelta al Arco del Triunfo. Primoz Roglic llevaba casi dos semanas con el maillot amarillo: lo había conquistado en los Pirineos, y nadie dudaba de que lo mantendría en esos treinta y seis kilómetros contrarreloj -aunque cuesta arriba- hasta la Planche des Belles Filles. . Era un especialista en contrarreloj, y nadie le hubiera quitado ese primer Tour suyo. A la salida de Lure ese día, Roglic tenía un maillot amarillo y una ventaja tranquilizadora. Estaba 57” por delante de Tadej Pogacar, su joven compatriota que había ganado justo en Laruns, el día que se hizo con el maillot amarillo, y luego volvió a ganar en Grand Colombier, superándolo en el sprint. No estaba mal ese chico, había debutado muy bien en el Tour, y además era muy joven: habría cumplido veintidós años recién el día después de los Campos Elíseos, suerte suya. Sí, tercero estaba Miguel Ángel López, pero tenía minuto y medio y el colombiano no dio miedo en la contrarreloj. Primoz tenía pocas certezas, y una de ellas era que no perdería la carrera más importante de su vida en una contrarreloj de treinta y seis kilómetros.
