
Su ataúd: apenas a tres metros de distancia. La cara gris, pero reconocible. Y entre los dedos: un rosario. Ni siquiera una hora y media nuestra reportera Sabine Vermeiren tuvo que unirse esta mañana para saludar al cuerpo del Papa. “Y luego, de repente, él está allí. Ni siquiera a tres metros de distancia. Te tragas, por un momento se olvida de respirar”.
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