
En la carrera del defensa del Cagliari son muchos los episodios en los que es protagonista de rojas ganadas, recibidas y faltas al límite. El antiguo arte de la provocación regresa gracias al colombiano, tras la era de Passarella y Poulsen
Como Jessica Rabbit: Yerry Mina no es malo, simplemente lo dibujan así. Precedido por la fama de provocador, el escultural defensa colombiano que parece salido del fútbol de los años 70 -cuando había un par de cámaras siguiendo el partido- está un poco, hace mucho. Con sus hechos y fechorías se ha labrado la figura del diablo tentador que quizás fomenta y probablemente incita, así lo aseguran sus adversarios, pero al final sufre y a los espectadores siempre nos queda sólo la siguiente secuencia, donde el hombre de el suelo siempre es él quien se retuerce de dolor. Su especialidad son las expulsiones, claro: las ajenas. Mina es muy temida porque lleva a la tentación. Y luego: Tentación Mina. Lo reiteró Marco Giampaolo, entrenador del Lecce, que tras la derrota ante el Cagliari, que acabó en inferioridad numérica, explicó: “Le dije a Rebic que no cayera en la trampa de Mina”. Y en cambio, por desgracia, cayó en la trampa.
