
Para el francés es el cuarto regreso a Italia tras una etapa en el extranjero y su decimocuarto equipo en una carrera de promesas, líos, accidentes y arrepentimientos.
Niang es un boomerang: se va, pero siempre vuelve. Acaba de llegar a un acuerdo con la Sampdoria, estamos en su cuarto regreso a Italia después de un período en otro lugar. Lejos de los ojos (los nuestros), nunca del corazón (el suyo). Esta vez estuvo en Marruecos, en Casablanca, donde pasó los últimos seis meses viviendo -como el “bandolero cansado” de la canción de Roberto Vecchioni- “de atardeceres y olvidos calculados”. Era agente libre, la llamada de Italia era demasiado fuerte. Si hay un jugador “Perdido en la traducción” en el planeta fútbol, ese es el larguirucho M’Baye Hamady Niang, hijo de padres senegaleses, nacido y criado en las afueras de París, para comodidad de los periodistas tachados con el tiempo de “chico malo”, con la inevitable pose de maranza, un sólido currículum de fanfarronería, unos antecedentes penales no intachables y la coartada de lo que en Emilia llaman “Giandone”: corpulento y grande, naturalmente propenso a meterse en problemas, como aquella vez – así parece, pero su historia anecdótica es interminable – cuando en retirada se arrojó a la piscina desde un balcón: la práctica se llama “Balconing”, es un idiotez ampliamente practicada por varios individuos sin sentido.


