
Desde la obra hasta el ring, Marvin dominó una categoría como muy pocas, noqueando a los mejores, imponiendo entrenamientos imposibles, golpeando fuerte y pensando aún más. Y su muerte prematura fue también una herida para nuestro país, al que amaba.
Hablar de él el día de Navidad es un regalo. Feliz represalia, ya que nunca recibió ninguna: todo lo que tuvo la oportunidad de conquistar siempre debió haber traspasado el umbral de la disciplina y la tolerancia. Debido al nivel de dureza que los caracterizaba, no practicó el entrenamiento: se lo infligió él mismo. A veces a partir de las tres de la madrugada, a menudo en la nieve, con pesadas botas militares, corriendo algo menos de veinte kilómetros y casi la mitad del recorrido corriendo hacia atrás, para aprender a gestionar mejor los pasos en la plaza. Grita de dolor, antes de que comenzara la verdadera jornada laboral en el gimnasio.

