
Si Albert Camus viviera todavía, habría sonreído hoy al ver a Maurizio Landini, secretario general de la CGIL, entregar a Giorgia Meloni su texto “El hombre en rebelión”.
En los años cincuenta ese texto le valió una ruptura con Sartre porque no compartía su adhesión a las ideas soviéticas y teorizó su propia condición de revolución a través del arte como una búsqueda de equilibrio, muy distinta de la idea de revolución histórica o metafísica, donde el individuo nunca existe y que le gustaba a Sartre.
Ese tipo de revolución -según la idea de Camus- creó monstruos como el bolchevismo y el nacionalsocialismo, a los que Sartre estaba demasiado cerca. Bueno, a la izquierda no le gustó esa sugerencia del arte como refugio y laboratorio para la gente y su libre albedrío revolucionario.
Y ahora el líder sindical italiano que quisiera restablecer la izquierda con la reedición del conflicto de clases (o algo peor) recurre a ese mismo libro para explicárselo al primer ministro. Cursos y apelaciones. Con algunas paradojas.
En un momento en que Italia tiene que abordar la cuestión del trabajo deficiente, la redistribución del ingreso, la justicia fiscal o el mantenimiento del bienestar, ese libro aporta algo bueno. Lo que al menos obliga a la discusión a un nivel ligeramente más alto en comparación con el sótano de la política que nos sirve caviar de izquierdas, aceite de ricino, casas de moneda roja y camaradas en la plaza. Y desafortunadamente, en esta pequeñez, corren el riesgo de crear conflictos sociales.



