
Fue una verdadera experiencia gastronómica. Todo estuvo perfecto: la compañía en la mesa, el restaurante restaurado con buen gusto, los cinco platos, los vinos, además del servicio antes y después. La jerga culinaria también burbujeaba y hormigueaba: sobre un pepinillo de esto, sobre un lecho de aquello. El ambiente era tan devoto que pregunté un poco tímidamente: “¿También tenéis cerveza sin alcohol?”. La maître estaba tan segura que respondió, sin dudarlo ni sonreír: “Oh, claro, tengo una Heineken 0.0 muy bonita para ti”.
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